Me llamo Juan pero en el pueblo me dicen Juanito,… cuando no me llaman bizco. Mi historia es como la de muchos niños que sufren como yo ésta desgracia, aunque no todos tienen la suerte que yo he tenido, de recibir como un regalo bendito, la ayuda para corregir mi vista.
Tengo ocho años y vivo en un pequeño pueblito en la sierra de Durango, donde solamente tenemos una escuela, no tenemos hospital y cuando alguien se enferma, tiene que ir caminando cinco kilómetros al Centro de Salud más cercano.
Un día, rumbo a la escuela escuché la bocina de un camioncito que anunciaba que si alguien conocía a personas con estrabismo, – “para que me entiendan, que sean bizcos” que fueran al Centro de Salud, que los iban a operar sin cobrarles ni un centavo. De momento pensé.. – ¿será cierto?. Al llegar a casa mi mamá me dijo: – «mañana nos vamos al Centro de Salud». Ella también lo había oído. Al día siguiente, muy tempranito, tomamos camino al Centro de Salud del pueblo más cercano
Llegamos y semanas después nos citaron para llevarnos en un camión grande, con 150 niños con sus mamás, a la ciudad de Durango. Al igual que a los 100 niños que estaban ahí me estudiaron de nuevo y al final me canalizaron con un suero, me anestesiaron y me operaron.
Cuando desperté estaba todo atarantado y me dijeron que ya estaba operado, que cuando me sintiera bien ya podía desayunar. En la mesa del desayuno había otros niños operados con sus mamás y platicamos que aún siendo pobres existe una esperanza para mejorar nuestras vidas y nosotros habíamos encontrado a quien nos la dio.