Un milagro de luz
Ya no soy una carga para mi familia.
Historia de Luisa narrada por Angélica Labastida Gutierrez, (Presidente de PRASAD de México del 2017 a la fecha)
Cuando recuerdo a Luisa pienso en tantas de las abuelitas que han recuperado la vista en las campañas y en el enorme agradecimiento que nos muestran al volver a ver. Humilde, delgada, pelo blanco, tímida, llego siendo conducida por su hija y su nieto, quienes la “pastorean” todo el tiempo porque desde hace varios años no puede ver nada y no se puede mover sola ni en su casa. Con lágrimas en los ojos me platico que desde hace varios años, que ya no ve ni sombras, y no puede cocinar, siendo ella quien cocinaba para toda la familia.
Ahora para hacerlo alguien la tiene que ayudar, siendo actualmente el nieto de 10 años que la acompaño el que lo hace. Su nietecito, como ella lo llama, ya no va a la escuela, porque no se puede quedar sola ya que se cayó varias veces y se lastimó, por ello él tiene que estar con ella toda la mañana. Una de las cosas que mas desea que suceda cuando recupere la vista, aunque sea en un ojo por lo pronto, es que él pueda regresar a su escuela y ella pueda cocinar de nuevo. Actualmente él la amarra con una cuerda y luego se la amarra a la cintura y así caminan juntos por la casa, que en realidad son dos cuartos, guiándola. Ella le dice a él que hacer y juntos hacen lo que pueden para tener lista la comida.
Cuando le tocó su turno para pasar, tras un ayuno que a veces se prolonga muchas horas para esperar su turno entre 300 personas en su mayoría de la tercera edad, asustada, temblorosa, y visiblemente emocionada se puso su bata para que la canalizaran y prepararan para la cirugía ocular. Cuando salió tras recuperarse de la anestesia tenía mucha hambre y quería comer. Un grupo de voluntarios la alimento, a ella y los familiares que la acompañaron. Todos durmieron en el albergue que fue preparado para atenderlos para que regresaran al otro día, tempranito a que le quitaran el parche y la revisaran.
Ese momento fue el que tanto esperaba, volvió a ver la luz, figuras aún borrosas que en los siguientes días y con los cuidades necesarios se aclararían de nuevo. El milagro que tanto esperaba se cumplió, lloró de emoción y agradeció infinitamente, una y otra vez a todos los que hicieron posible que la luz regresara a sus ojos, agradeció a todos los ángeles, como ella los llamo, que la ayudaron a recuperar su vista y su vida. Podrá cocinar de nuevo y su nietecito volver a su escuela, y prometió cuando regresara a operar su otro ojo, en la siguiente campaña, traer a todos unos tamalitos cocinados por ella misma.







